Cocinando complicidades

Desde muy antiguo las mujeres se dedicaban a la recolección y los hombres a la caza. La tarea de elaborar los alimentos reunía a las mujeres de la comunidad en torno al fuego. Elaborar, cocinar y servir los alimentos era una tarea que dependía de las manos de las mujeres del grupo.

Esa costumbre ancestral que contenía un encanto especial fue transformada por la cultura patriarcal hasta llegar –entre otras- a la expresión peyorativa: “Andá a lavar los platos”. Es decir, la intención de encerrarnos en una cocina. Como si encerradas no pudiéramos ser libres. Los que la expresan ni siquiera sospechan que en esa enunciación haya más sentidos que los pronunciados.

Sí, lavamos los platos, aprendemos a cocinar, encendemos fuegos, nos quemamos, mezclamos, amasamos, pero además, nos reunimos, nos miramos, y, establecemos vínculos. Las  ideas que allí se comparten van más allá de lo imaginado por muchos hombres que solo creen que hablamos, hablamos y hablamos sin parar. Allí se produce una magia especial, se tejen algunas complicidades y entendimientos. Reímos, soñamos, hacemos planes, nos damos ánimo, nos confesamos, nos sinceramos. Cuando las mujeres recibimos en el living, por muy confortable o relajado que sea, no es lo mismo; hay una cierta distancia. Pero cuando invitamos a la cocina la relación cambia. Probablemente, una no invite al jefe o al director de la escuela a la cocina, pero sí a esas hermanas de la vida, a las tías sabias, a las hijas, a las primas, a las abuelas y madres. Aparece nuevamente la magia ancestral. Es un espacio de iguales, de mujeres que se ayudan a crecer, de sabidurías compartidas, de sanación de antiguas heridas, de alegrías que llenan el alma.

Salimos de la cocina llenas, satisfechas, renovadas… tanto que muchos hombres nos miran con asombro y otros quieren compartir con nosotras ese ritual encantador.

No importa qué lugar ocupes en la cocina, si lavás los platos o los secás, si cocinás o condimentás, si observás en silencio, te reís hasta que te duela la panza o llorás abrazada por las que te acompañan. Estar en la cocina es estar en un lugar privilegiado, es contactar con nuestro ser ancestral, con la tierra y sus frutos, con el agua y el fuego, con un aire nuevo. Estar en la cocina te hermana y te “humana”, te conecta y te religa con lo más auténtico. Estar en la cocina te alimenta el alma.

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