Semana santa y sexualidad

Por Carolina Artana

Hace unos días, en una reunión familiar, me hicieron una pregunta un poco extraña, un poco provocadora: ¿Cuál es la relación entre la semana santa y la sexualidad? Desde entonces no puedo dejar de pensar en el asunto. En verdad, ¿existe o debería existir una relación entre ambas? Después de reflexionar llegué a la conclusión de que no solo existe, sino que es muy necesaria.

Comencemos por analizar los términos por separado. En la semana santa recordamos la pasión muerte y resurrección de Jesús. Cuando era chica, la cuaresma era un tiempo de intensas privaciones y sacrificios: ayuno, abstinencia, conversión, rituales incomprensibles, largos y tediosos, oscuridad, inciensos, etc…. hasta que llegaba la Pascua y todo era un desborde: las grandes comilonas, el chocolate, las fiestas, la alegría. Toda esa angustia impostada e impuesta explotaba en la Pascua. Y, sí, era lógico que así fuera.

Por otra parte, podemos pensar en la sexualidad como ese ser profundamente humanas/os que siempre nos acompaña, nos constituye y nos caracteriza. La sexualidad no solo incluye nuestra biología, con todas las diferencias, orientaciones y libertades que ello pueda implicar, sino también, nuestras emociones, pulsiones, deseos, apasionamientos, nuestra manera de pensar, de sentir, de estar en el mundo, de comunicarnos y expresarnos. Nuestra psiquis, nuestro cuerpo, nuestros sentimientos y maneras de estar situadas/os en la vida son elementos fuertes de nuestra sexualidad.

Entonces, podemos decir que Jesús de Nazaret vivió, murió y resucitó sexualmente. Vivió buscando su identidad (Mc 8: 27y ss.), apasionado por un ideal (Mc 11:15-18), siendo solidario con el sufrimiento de los más pobres y excluidos (Mc 8:1.9), sanando (Mc 1:29-34; 2:1-12), desafiando a los poderes establecidos y opresores aún a costa de su propia integridad (Mc 3:1-6; 7:1-16; 14:60-65), siendo sensible con las mujeres y niñas (Mc 5:22-43; 14:3-9), siendo consciente de sus más profundas emociones y compartiéndolas con sus amigos (Mc 14:32-34), dándole un lugar a las mujeres en su comunidad (Mc 15:40-41). Murió, después de haber sido juzgado injustamente, poniendo su alma y su corporalidad al desnudo (Mc 15:1-37) y resucitó poniendo como testigos a las mujeres (Mc 16:1-10).

Cuando decíamos que la semana santa y la sexualidad no solo se relacionan, sino que tienen una relación necesaria, pensábamos en esta manera tan particular de vivir, morir y resucitar de Jesús. Y eso nos propone y nos invita a vivir nuestra sexualidad espiritualmente y a vivir nuestra espiritualidad sexualmente. Es decir, integrando cuerpo y alma; pasiones y creencia; dolor, desnudez y pasión con fe. Nuestro cuerpo no puede estar ausente de aquello en lo que creemos, no puede aislarse (como lo hicimos durante siglos) de nuestras creencias y compromisos con Dios y las personas que nos rodean. De lo contrario, la fe se hace poco creíble y privamos a nuestro cuerpo de la experiencia de la Vida en abundancia.

Para los aun escépticos, podemos pensar en un nuevo aprendizaje, una nueva manera de encontrarnos y celebrar la pasión, muerte y resurrección de Jesús que podremos construir entre todas y todos. No todo está cerrado y terminado, siempre hay espacio para nuevas experiencias y expresiones de la fe. Semana santa y sexualidad nos provocan a más.

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